1. ORÍGENES DE LA REFORMA.
A finales de la Edad Media, las estructuras de la vida eclesiástica y el modo de presentar y de vivir el mensaje evangélico se mostraron inadecuados a las nuevas situaciones y, al mismo tiempo, demasiado lejanos al modelo original de la Iglesia primitiva. Hasta el siglo XVI, los movimientos reformistas fueron siempre asimilados, o bien absorbidos por el papado (franciscanos), o bien considerados heréticos: los “pobres”, el movimiento “hussita” (bohemia, principios del siglo XV).
La angustia de la fe, reducida a sus elementos esenciales, a su simplicidad y a sus drásticas alternativas (incrédulos y creyentes, pecadores y santos, condenados y elegidos), todavía no afectaba a la obediencia a las instituciones eclesiásticas, si bien situaba en primer plano los temas personales, anteponiéndose a las devociones, las prácticas y las manifestaciones exteriores.
De este modo nuevo de concebir el cristianismo se habían hecho intérpretes los humanistas cristianos, especialmente ERASMO DE ROTTERDAM. Su constante recurso a la Biblia, la crítica a las sutilezas teológicas y a la inadecuación de la enseñanza religiosa tradicional, alimentaron aspiraciones reformistas, tan profundamente enraizadas en el mundo cristiano, que sobrevivieron en el propio catolicismo incluso después de la consolidación del luteranismo.
La aspiración difusa a un cambio que condujese a una religiosidad más íntima, hicieron cada vez menos aceptable la corrupción del clero y las riquezas y las costumbres mundanas de una considerable parte del episcopado más interesado en una vida cortesana que en la pastoral. Y se enfrentaba a las exigencias generales, la actitud del papado, cuando la cátedra de San Pedro fue ocupada por pontífices como Julio II o León X, entregados a la política, las intrigas diplomáticas, las aventuras militares, el nepotismo y el mecenazgo, cuando no célebres por su vida disipada, como Alejandro VI Borgia. La situación de la corte pontificia favorecía el descontento causado por la afluencia de riquezas a Roma, desde otros países, especialmente Alemania, con motivos como la construcción de la Basílica de San Pedro. A ello se añadían la fiscalidad de los obispos y la existencia de un clero numeroso; ambos claramente improductivos, que pesaban sobre las demás clases sociales. Así se comprende que en la Reforma acabasen mezclándose motivos religiosos con aspiraciones de renovación social y tendencias nacionalistas.
2. LUTERO.
Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, Turingia, que en aquel tiempo formaba parte del ducado electoral de Sajonia. Hijo de un ex minero que, después de mucho trabajo, había alcanzado un cierto bienestar económico, Lutero pudo estudiar en la facultad de filosofía y derecho de la universidad de Erfurt.
En 1505, sorprendido por un temporal y acometido por la angustia de morir en pecado, hizo voto de entrar en un monasterio, ingresando en los agustinos eremitas de Erfurt y ordenándose sacerdote en 1507. La orden agustina seguía unas rígidas normas de vida ascética y, según la interpretación que el filósofo y teólogo inglés Guillermo de Ockham daba sobre el pensamiento de San Agustín, sostenía que solo la inescrutable voluntad divina designaba al hombre para la salvación o la condena. Este principio acentuó en Lutero la convicción de que la salvación vendría por la gracia de Cristo.
Durante el invierno de 1511-1512, sus angustias encontraron por fin un alivio en el análisis de las CARTAS DE SAN PABLO, llave de oro que abre todas las Escrituras, y en especial de la Carta a los romanos, que le reveló una tranquilizadora fórmula de salvación: el hombre se justifica no ya por sus obras, sino por la fe. De este texto Lutero extrajo la convicción de que el hombre –cuya naturaleza ha sido corrompida por el pecado original- no puede hacer nada por su salvación.
La salvación solo puede ser fruto de los méritos adquiridos por Jesucristo con su muerte; dichos méritos son cedidos solo a aquellos a los que la voluntad divina ha predestinado a la salvación. Al hombre no le queda pues, sino la fe de que Cristo querrá salvarle. Así, la salvación no puede merecerse con las obras, ya que, en cuanto realizadas por el hombre corrompido por el pecado, acaban siendo otros tantos pecados. La doctrina luterana de la salvación por medio de la fe tiene pues, su fundamento, en la idea de que el hombre es al propio tiempo pecador y justo: pecador por su naturaleza humana corrompida; y justo, en cuanto justificado por la libre elección de Cristo.
Lutero pronto consideró la situación de la Iglesia en Alemania y, en especial, el escándalo de la venta de indulgencias. La idea de que previo pago de una suma fuese posible sustraer el alma propia o la de un difunto de las penas del purgatorio, se oponía radicalmente a la concepción luterana de la salvación solo por la fe. En torno a la venta de las indulgencias se había organizado una colosal especulación, en cuyo centro se hallaban los Fugger, a los que se concedió la exclusiva de la percepción de los pagos, a cambio de los sustanciosos préstamos que había otorgado al arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandemburgo.
Lutero afrontó estos y otros problemas de la Iglesia en sus 95 TESIS que hizo propagar entre los teólogos para que las analizasen. Más tarde, al no reaccionar Alberto de Brandemburgo, el 31 de octubre de 1517 decidió clavar sus tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg, donde enseñaba teología.
A favor de las tesis de Lutero se pronunciaron algunos representantes del humanismo cristiano como Erasmo y Melanchton, así como muchos profesores y alumnos de universidades alemanas. En contra, los dominicos. El papa León X se mantuvo a la expectativa. En 1519, Lutero sostuvo una controversia con el dominico Johann Eck en la que radicalizó sus tesis hasta el punto de que poco después fue amenazado de excomunión por el papa, mediante la bula EXSURGE DOMINE. En diciembre de 1520, Lutero quemó públicamente la bula en la plaza de Wittenberg. La ruptura con Roma era un hecho y la excomunión se produjo en enero de 1521.
Lutero publicó en pocos meses una serie de escritos doctrinales y polémicos, donde trazó las líneas generales de su enseñanza, deducida del principio de la salvación solo por la fe y encaminada al desmantelamiento de la organización jerárquica de la Iglesia. La apelación A la nobleza cristiana de la nación alemana, la Cautividad babilónica de la Iglesia y La libertad del cristiano (1520), precisaban desde ángulos diferentes los nuevos principios luteranos:
▪ El sacerdocio universal de los fieles: no hay distinción entre clérigos y laicos.
▪ Las Escrituras, única fuente de revelación. No a la Traducción.
▪ Derecho-obligación de todos los fieles a leer directamente la Biblia.
▪ Se reconocen únicamente 3 sacramentos: bautismo, penitencia y cena o comunión
▪ Supremacía de la autoridad civil sobre cualquier otra autoridad, incluso espiritual, lo cual implicaba la atribución a los príncipes de una especial misión religiosa: la defensa de la “verdadera fe” contra sus enemigos y la protección de los pocos predestinados a la salvación, frente a la masa de los condenados.
Lutero, convocado por Carlos V ante la DIETA DE WORMS (abril de 1521), decidió presentarse. A pesar de las presiones se negó a retractarse de sus ideas religiosas, por lo que fue proscrito del imperio. En su camino de regreso, fue salvado por un rapto organizado por el elector Federico de Sajonia. Oculto en el castillo de Wartburg, en las cercanías de Eisenah, donde permaneció casi un año traduciendo la Biblia al alemán, primer monumento de la lengua nacional germana; en un siglo se imprimieron cientos de miles de ejemplares.
3. EL LUTERANISMO Y LAS LUCHAS SOCIALES EN ALEMANIA.
Las doctrinas de Lutero se difundieron con gran rapidez y sus partidarios acentuaban en ellas los aspectos revolucionarios en el plano social. Lutero aceptó en gran parte las innovaciones introducidas en el campo religioso por su seguidor ANDREAS KARLSTADT (h. 1480-1541), profesor en Wittenberg, que prohibió la misa católica y afirmó la legitimidad del matrimonio de los sacerdotes; pero aunque aprobaba también la secularización de los bienes de la Iglesia, se opuso terminantemente a la idea de que su doctrina se convirtiese en motivo de revueltas y desórdenes.
Los primeros en alzarse contra el orden constituido fueron los caballeros, representantes de la pequeña nobleza arruinada por el desarrollo del capitalismo mercantil, compuesta principalmente por los segundones de las grandes familias feudales. Los caballeros desencadenaron un asalto contra las propiedades de la Iglesia y de los príncipes-obispos, como el de Tréveris, pasando luego a atacar incluso los territorios de los príncipes laicos.
Pero los príncipes laicos se organizaron y, en 1523, aniquilaron a las bandas de caballeros, capitaneadas por uno de los primeros defensores de Lutero, FRANZ VON SICKINGEN. Fue más grave –incluso por sus consecuencias religiosas─ la GUERRA DE LOS CAMPESINOS (1524-1525). THOMAS MÜNZER, partidario de Lutero, se erigió en intérprete de las aspiraciones reivindicativas y de liberación de los pasados vínculos feudales. Estas exigencias adquirieron una dimensión religiosa con el llamamiento a la igualdad evangélica de los hijos de Dios contra los privilegios y las injusticias, lo cual no tardó en dar lugar a tendencias favorables a las comunidades de bienes. Como consecuencia, surgieron congregaciones de campesinos y artesanos que, en nombre del Evangelio, rechazaban cualquier otra estructura eclesiástica o civil, repudiando al mismo tiempo a los ministros del culto y a los representantes de la ley. Se radicalizaron.
Según ellos, era impensable que el bautismo –signo de la elección de Dios y de pertenencia al limitado número de justos destinos a la salvación– se impartiese indiscriminadamente a los niños. Por consiguiente, acostumbraban a rebautizar a los adultos, considerando nulo el primer bautismo, infantil; por ello fueron llamados ANABAPTISTAS, rebautizadores.
Los grupos de iluminados y rebeldes, algunos fanáticos, comenzaron a recorrer las tierras alemanas, asaltando castillos, iglesias, conventos y, a veces, ciudades. En junio de 1524 la revuelta se hizo general, desde Austria a la Selva Negra, alcanzando Alemania Occidental y Sajonia. Entonces, intervinieron Lutero y los príncipes. El primero, tras haber llamado al orden y a la obediencia a los campesinos, lanzó una serie de violentas exhortaciones a la represión y la matanza; un libelo suyo de 1525 se titulaba Contra las bandas salteadoras y asesinas de campesinos, sosteniendo en ella la tesis de estar justificada la muerte del mayor número posible de rebeldes. Los príncipes, tras el desconcierto inicial, debido a la amplitud de la revuelta, organizaron una sistemática matanza de campesinos, cuyo movimiento terminó en un baño de sangre.
Pero no supuso el fin del anabaptismo. Un nuevo intento de dar vida a una profética comunidad de santos se registró en Munster, por obra de Juan de Leyden, que instituyó un régimen fundado en la comunidad de bienes y de mujeres. También fue truncado por las armas; los jefes muertos mediante toda clase de suplicios, tras haber sido paseados en jaulas de hierro (1535). El ANABAPTISMO continuó alcanzando cierto éxito en Europa Oriental, Polonia, Moravia y Bohemia, donde se mezcló con la tradición husita, originando las comunidades de los Hermanos moravos y bohemios, pero adoptando mayor moderación, que comprendía la negativa a prestar servicio militar y acudir a los tribunales civiles. El radicalismo doctrinal del anabaptismo, que no reconocía valor alguno a los sacramentos y, en ciertos casos, negaba la divinidad de Jesucristo, considerándole al nivel de un profeta, atrajo la atención de los llamados herejes italianos, desterrados por motivos religiosos. Abandonaron la Iglesia católica y su patria, atraídos por el movimiento reformador. Fueron llamados ANTITRINITARIOS y, en menor medida, arrianos.
4. LA DIFUSIÓN DEL LUTERANISMO.
Lutero ligó la suerte de su reforma religiosa a la de las fuerzas políticas en lucha contra el feudalismo eclesiástico y el Imperio. Por consiguiente, las ciudades imperiales del sur de Alemania, los príncipes electores del Palatinado, Sajonia y Brandeburgo, el landgrave de Hesse y el duque de Pomerania, se unieron al luteranismo con la idea de secularizar los bienes de la Iglesia y ejercer un control más directo sobre la vida eclesiástica y religiosa. También aceptó la nueva doctrina Alberto de Honhenzollern, gran maestre de la Orden militar de los Caballeros Teutónicos, que habían colonizado las tierras eslavas de Prusia oriental; de esta forma, pudo apoderarse de un solo golpe de las tierras de la Orden, fundando el ducado de Prusia (1525).
Lutero, por su parte, dio la máxima importancia a la autoridad de los príncipes sobre la Iglesia. Progresivamente, aumentó las funciones del príncipe, atribuyéndole el encargo de hacer efectuar las visitas pastorales, para extirpar tanto los errores de los papistas, como de los fanáticos anabaptistas, y para vigilar la regularidad del culto y la efectiva abolición de la misa católica.
El emperador Carlos V, completamente absorto en las guerras contra Francisco I de Francia, minusvaloró el alcance del fenómeno luterano, adoptando al comienzo una actitud conciliadora. Pero cuando en la Dieta de Spira (1529) intentó impedir la expansión de la nueva doctrina, se halló frente a la firme oposición de las ciudades y de los príncipes protestantes (llamados así desde ese año).
Carlos V realizó un último intento en la Dieta de Augsburgo (1530) de pacificación religiosa, no solo entre católicos y luteranos, sino también entre estos y los seguidores de otras confesiones reformadas. Sin embargo, Melanchton, que representaba a los luteranos, rechazó todo compromiso; por el contrario, él y sus compañeros precisaron en 28 artículos su credo, que recibió el nombre de CONFESIÓN DE AUGSBURGO.
Al año siguiente, los príncipes luteranos, ante la amenaza de una guerra religiosa, se unieron en la LIGA DE SMALKALDA y no vacilaron en aliarse con Francisco I. El conflicto abierto no estalló hasta después de la muerte de Lutero (1546) y finalizó con un sustancial éxito de los príncipes reformados. Por la PAZ DE AUGSBURGO (1555) se les reconoció el principio del Cuius regio eius religio (los súbditos deben seguir la religión de su príncipe, si bien cabía exiliarse sin pérdida de bienes ni de la honra a un Estado donde prevaleciera la propia confesión religiosa). El resultado fue la división de Alemania en regiones luteranas y católicas, a excepción de las ciudades libres e imperiales, donde coexistían ambas religiones.
Para entonces, la Reforma luterana se había propagado a Suecia, donde el rey Gustavo Vasa la admitió al tiempo que lograba la independencia de su país (puso fin a la Unión de Kalmar, que reunía bajo un mismo soberano a Dinamarca, Noruega y Suecia, siendo el titular el rey danés). En Dinamarca, el rey Federico I, también favoreció la introducción del luteranismo en su reino.
5. ZWINGLIO Y CALVINO.
Entre los humanistas cristianos, surgieron dudas sobre la efectiva convergencia entre la rígida y pesimista concepción religiosa luterana, y la refinada, tolerante y optimista religión de los humanistas, que habían contemplado el rostro humano y misericordioso de Cristo; por esta razón, muchos de ellos se negaron a seguir a Lutero en su ruptura con Roma. El propio Erasmo polemizó ásperamente con Lutero, defendiendo contra él los fueros del libre albedrío humano frente a la rígida predestinación luterana: Diatriba sobre el libre arbitrio (1524), Del siervo arbitrio (1525). Pero otros consideraron que las reformas fueron insuficientes, al aspirar a un culto sencillo que aboliese incluso los sacramentos y la misa luterana, atribuyendo a aquellos un mero valor simbólico y negando que la eucaristía supusiera la presencia real de Cristo, como el propio Lutero había admitido.
Defendió esta postura Huldrych ZWINGLIO (14841531), predicador de la catedral de Zurich, que en 1524 logró que el Consejo de la ciudad aprobase la nueva doctrina. Pronto se difundió por otras ciudades suizas, favorecida por el espíritu nacional helvético, que reclamaba entre otras cosas la abolición del enrolamiento de tropas mercenarias suizas por soberanos extranjeros. Pronto hubo de enfrentarse con otras corrientes reformistas de origen luterano, representadas por Juan Ecolampadio (1482-1531), promotor de la reforma en Basilea, y Martín Bucero (1491-1551), organizador de la Iglesia reformada de Estrasburgo.
Los intentos por llegar a un acuerdo entre las distintas orientaciones de la Reforma no dieron resultados positivos, especialmente cuando, muerto Zwinglio en la batalla de KAPPEL (1531), combatiendo contra los cantones suizos católicos, la dirección de la Reforma en Suiza fue asumida por Juan Calvino.
Hijo de un procurador fiscal del obispo de Noyon, Calvino nació en esa ciudad de la Picardía francesa en 1509, inclinándole su padre a la carrera eclesiástica. En 1531, siendo estudiante de la universidad de Bourges, estableció contacto con el luterano Wolmar, que le dio a conocer la Reforma, aunque sin lograr convertirle. En cambio, fue decisivo el influjo del círculo filorreformador de París que, bajo la dirección del humanista Lefèvre d’Etaples, se había convertido en el principal centro francés de difusión de las nuevas ideas. En 1533, Calvino, partidario de las ideas de Lutero y Zwinglio, ingresó en el grupo EVANGÉLICO; huido a Basilea por motivos religiosos, publicó allí, en 1536 la Institución de la religión cristiana. Este escrito, dirigido a Francisco I, recogía muchos principios de la Reforma, como la autoridad de las Escrituras y la salvación únicamente por la fe.
Pero Calvino simplificaba el culto y la liturgia, eliminando todo ornamento e imagen y, lo mismo que Zwinglio, reconocía a los sacramentos solo un valor simbólico. Por otra parte, Calvino acentuaba el concepto de la PREDESTINACIÓN, sosteniendo que la obra redentora de Cristo se ejercita a favor de los elegidos, quienes se reconocen no solo por su vida rígidamente moderada, sino también por su éxito, cualquiera que fuese su profesión.
Así, contrariamente a la tradición medieval, llegaba incluso a justificar el préstamo con interés, con tal que se atuviese a unos límites equitativos. También establecía el principio de la ELECCIÓN DE LOS PASTORES. En 1536, el ginebrino Guillaume Farel le invitó a su ciudad para que organizase la Reforma. Allí recogió los principios del nuevo orden en un catecismo y una profesión de fe, pero fue desterrado (1538) por la burguesía de la ciudad, que veía peligrar su estatus. Tras una estancia en Estrasburgo, donde organizó la numerosa comunidad evangélica, fue de nuevo llamado a Ginebra en 1541, convirtiendo a esta ciudad suiza en la ROMA DEL PROTESTANTISMO.
6. GINEBRA Y LA DIFUSIÓN DEL CALVINISMO.
El destierro de 1538 había persuadido a Calvino sobre la necesidad de eliminar la injerencia del poder civil en la vida eclesiástica, una de las consecuencias más significativas de la Reforma en Alemania y Suiza. Calvino exigió la subordinación de los magistrados a los intereses religiosos. Con las Ordenanzas religiosas (1541) dio forma al nuevo orden de la ciudad, que giraba sobre 3 elementos: unidad religiosa, un gobierno confiado a una comunidad de pastores, representantes de los fieles, aunque no elegidos por sufragio, y un órgano dedicado a la disciplina eclesiástica, el CONSISTORIO, formado por pastores o doctores y laicos o ancianos. En poco tiempo, se apoderó del gobierno del Consistorio, mediante pastores que le eran fieles, haciendo de este el centro de la vida político-religiosa de la ciudad.
Mediante edictos, el Consistorio hizo obligatoria la asistencia al sermón y a la escuela, puso bajo control a los individuos culpables de embriaguez, danza u oposición a la Palabra. Prohibió los juegos de cartas y de dados, las canciones deshonestas y los espectáculos de teatro. La violenta oposición de la burguesía ciudadana, que formaba el partido de los LIBERTINOS, fue derrotada en nombre de la unidad de la fe, que parecía ser discutida por los nuevos fugitivos llegados a Ginebra. Entre estos descollaba el erudito, médico y teólogo español, Miguel Servet, quien defendía unas doctrinas antitrinitarias, condenadas por Calvino, de modo que fue encarcelado, invitado a la retractación y, ante la negativa, quemado por impío (octubre de 1553).
La muerte de Servet enajenó a Calvino la simpatía de muchos desterrados, sobre todo italianos, que esperaban hallar en Ginebra tolerancia para sus ideas religiosas, sin embargo sirvió al reformador francés para consolidad su autoridad y el poder de los pastores del Consistorio. El partido de los Libertinos fue vencido y sus jefes decapitados u obligados a huir (1555). Ginebra se convirtió en la NUEVA ROMA. Pronto el Calvinismo manifestó una increíble fuerza de penetración. Ya antes de la muerte de Calvino (1564) surgieron comunidades calvinistas, organizadas por lo general sobre bases más democráticas que la ginebrina, en diversas localidades de Francia (hugonotes), en los territorios romanos, en los Países Bajos (Puritanos) y en Escocia.
En Escocia, la iglesia calvinista, llamada presbiteriana (de presbiterio, la asamblea de laicos y eclesiásticos encargada del gobierno religioso), organizada por JOHN KNOX, fue reconocida en 1560 como Iglesia del Estado. La expansión del Calvinismo provocó, sin embargo, una creciente oposición político-religiosa: tal fue el origen de las guerras de religión en Francia, la lucha antiespañola en los Países Bajos y las guerras civiles inglesas del siglo XVII.
7. EL ANGLICANISMO.
Los FACTORES NACIONALES resultaron decisivos en el nacimiento y desarrollo de la Iglesia Reformada de Inglaterra o IGLESIA ANGLICANA. Enrique VIII, al principio se opuso a Lutero, ganando así el título de defensor de la fe. Pero luego, al enfrentarse con el papa Clemente VII (1527), por su negativa a anular el matrimonio con Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, el rey inglés hizo nombrar arzobispo de Canterbury a Thomas Crammer, de quien obtuvo la disolución de su matrimonio (1533), tras lo cual promulgó el ACTA DE SUPREMACÍA (1534), por la que se proclamaba jefe de la Iglesia de Inglaterra.
Las primeras disposiciones legislativas de Enrique VIII versaron sobre la supresión de los conventos y la confiscación de sus propiedades. Algunos de sus colaboradores, como TOMÁS MORO, prefirieron la muerte antes de aceptar los cambios. Su cabeza fue colgada de un gancho en el puente de Londres (1535). La Iglesia anglicana nacía de una ruptura disciplinaria con Roma y no de una disensión doctrinal. Mantuvo la jerarquía de obispos y sacerdotes y conservó gran parte de los ritos y de los dogmas de la Iglesia romana, aunque, más tarde, asimiló diversos elementos doctrinales de origen protestante, sobre todo durante el reinado de EDUARDO I (1547-1553) y su privado, el duque de Somerset, que hizo votar en el parlamento un ACTA DE UNIFORMIDAD (1549), que imponía a todos los súbditos un Libro de oración común, con notables aportaciones luteranas. En 1552, se añadió un segundo Libro de oración y en 1553, 42 artículos de influencia calvinista.
La Iglesia anglicana afrontó su periodo más crítico durante el breve reinado de MARÍA TUDOR (1553-1558), esposa de Felipe II desde 1554. María intentó restablecer el catolicismo por la fuerza (María la Católica o la Sanguinaria). A su muerte, la Iglesia anglicana triunfó definitivamente durante el reinado de ISABEL I TUDOR (1558-1603).