1. EL ARTE DE LOS PUEBLOS CAZADORES

Es difícil entender los comienzos del arte si no intentamos introducirnos en el espíritu de los pueblos primitivos y descubrir las experiencias que les llevaron a pintar techos y paredes o realizar pequeñas esculturas.
Todavía hoy se mantienen algunos comportamientos considerados primitivos, que provienen de un pasado muy lejano y que llamamos “superstición” o “magia”. Saber de su pervivencia nos puede llevar a comprender las más antiguas pinturas que han llegado hasta nosotros. En una época en que el ser humano luchaba por su supervivencia contra animales poderosos y extraños, trasladó sus imágenes a techos y paredes de las cuevas. Y no lo hicieron como mera decoración (están en lugares angostos, lejos de donde vivían), sino con un fin concreto, cuyo significado se nos escapa, aunque bien tuviera que ver con el poder de ser dueño de la imagen, En una ocasión, al dibujar sus animales un artista europeo, los nativos se alarmaron: “Si usted se los lleva consigo, ¿de qué viviremos nosotros?”. Esta idea es la que subyace detrás de “El retrato de Dorian Grey”.
Naturalmente, es una hipótesis, que encuentra su apoyo en el uso que hace del arte los pueblos primitivos contemporáneos del poder de las imágenes: totemismo. Muchas tribus poseían ceremonias especiales en las cuales ostentan máscaras con rasgos de animales y, cuando se las colocan, sufren una transformación fruto del imaginario tribal, resultando absolutamente reales hasta que alguien las pone en duda.
Así, muchas de las obras de los artistas de estos pueblos primitivos están hechas, para formar parte de rituales que solo ellos conocen su finalidad y su esencia, pues sus miembros conocen exactamente lo que cada forma y cada color significan. En cierto modo se comportan como nosotros: banderas, anillos de boda, el árbol de Navidad.
El arte primitivo se realiza precisamente de conformidad con esas ideas preestablecida, pero dejando al artista libertad de acción para que desarrolle todo su ingenio. Por eso, la idea de primitivo no tiene nada que ver con tosco o pobre. Muchos pueblos han adquirido una habilidad sorprendente en la talla de maderas, cesterías, cuero, tejidos e incluso en el trabajo con metales. Los maoríes de Nueva Zelanda realizan tallas en madera extraordinarias, pero no nos debemos fijar en la dificultad de su ejecución, sino en su significado para hablar de ellas como obras de arte. En Nigeria han aparecido unas cabezas de bronce sorprendentes, que son las más convincentes representaciones de la raza negra que puedan ser imaginadas. Incluso aunque la representación tenga un fuerte carácter esquemático, tiene un significado artístico, como ocurre con este Dios de la Guerra llamado Oro. La máscara de Nueva Guinea no plantea un concepto de belleza, está destinada a una ceremonia en la que los jóvenes se disfrazan de espíritus y asustan a los niños y a las mujeres. ¿Qué diferencia haY con este “zangarrón” de Montamarta?
En algunas partes del planeta, los artistas primitivos han sabido desarrollar complicados sistemas para representar ornamentalmente las diversas figuras y tótems de sus mitos. Entre los indios de Norteamérica los artistas combinan una observación muy aguda de las formas naturales con un desdén por la apariencia real de las cosas. Este modelo de casa de un reyezuelo de la tribu Haida presenta tres postes totémicos en su fachada, que ilustran una antigua leyenda de su tribu: Hubo una vez un mozo en la ciudad de Geais Kun que acostumbraba a holgazanear, echado todo el día en la cama, hasta que su suegra le censuró por ello; él se sintió avergonzado y se fue decidido a matar a un monstruo que habitaba en un lago y que se alimentaba de hombres y ballenas. Con ayuda de un pájaro sobrenatural construyó un cepo con el tronco de un árbol y suspendió de él a dos niños para que sirvieran de cebo. El monstruo fue capturado y el mozo se disfrazó con su piel para apresar peces que, regularmente, depositaba sobre los escalones de la puerta de la casa de su suegra. Esta se sintió tan halagada por estos inesperados dones, que llegó a creerse hechicera. Cuando el mozo, al fin, le desilusionó, se sintió tan avergonzada que murió de ello.
Todo está expuesto en el mástil central. La máscara que se encuentra debajo de la entrada es una de las ballenas que el monstruo acostumbraba a comer. La gran máscara de encima de la puerta es el monstruo, sobre ella la forma humana de la suegra. La máscara del pico es el pájaro sobrenatural y el héroe está representado más arriba disfrazado con la piel del monstruo y los peces apresados por él. Las figuras humanas son los niños utilizados como cebo. Costó años labrar estos mástiles para honrar la casa del poderoso reyezuelo.
Sin una explicación no nos es posible comprender el objeto de esas creaciones. Henry Yazzie, un hombre medicina navajo, nos explica este dibujo trazado en la arena: representa un arco iris, dentro del cual descienden cinco nubes en colores azul, gris, negro, blanco y amarillo. Las nubes descienden como si fueran gotas de lluvia. Su objeto es estimular el futuro crecimiento de las plantas, el milagro de la manifestación vegetal de la vida.
Esto es frecuente en las obras de arte primitivo, pero aún allí donde la explicación falta, podemos apreciar su fantasía con que las formas naturales han sido transformadas dentro de unos linealismos coordinados. Existen muchas obras de arte que datan de los extraños comienzos del arte, y cuya exacta explicación se ha perdido para siempre, pero que podemos admirar todavía.
Lo que nos queda de las grandes civilizaciones de la América antigua es su “arte”, aunque sus fines no fueran placenteros o decorativos. Esta talla terrorífica de una cabeza de la muerte, pertenece a un altar de las ruinas de Copán, en la actual Honduras, nos recuerdan los horribles sacrificios humanos que eran exigidos por las religiones de esos pueblos. Y no es que no supieran representar el rostro humano con aspecto natural; hay vasijas mayas de un realismo sorprendente. La razón reside en las ideas que se proponen transmitir.
Esta otra azteca se cree que representa a Tlaloc, el dios de la lluvia. En estas zonas tropicales la lluvia es fundamental para las cosechas. Se comprende que el dios de la lluvia y de las tormentas asuma en su espíritu la forma de un demonio de terrorífico poder. El alba, en el cielo, aparece en la imaginación de estos pueblos como una gran serpiente, considerada como un ser sagrado y poderoso. En la boca del dios Tlaloc vemos dos cabezas de una serpiente de cascabel, frente a frente, con sus grandes colmillos sobresaliendo de sus mandíbulas, mientras su nariz parece haberse plasmado con el cuerpo retorcido de una serpiente. Los ojos pueden verse incluso como serpientes enroscadas. Vemos cual lejos puede estar nuestro criterio artístico de estos rostros.
Si consideramos la extraña mentalidad que creó estos terribles dioses, podemos llegar a comprender cómo la realización de imágenes de esas civilizaciones primitivas no se hallaba tan solo relacionada con la magia y la religión, sino también con la primera forma de escritura. La serpiente se convertiría en el signo para expresar la luz. Y es que imágenes y letras pertenecen a la misma familia.
Algo parecido nos encontramos en el arte paleolítico. Junto a imágenes de un realismo extraordinario, existen trazos y signos de muy difícil significado. Las primeras nos hablan de un pueblo cazador, que representa los animales que persigue y caza, bien por efecto mágico-simpático, religioso, rela-cionado con la fecun-didad… Los trazos y sig-nos son complicados de entender. ¿Se trata de simples trazos caprichosos? ¿Tienen que ver con alguna forma primitiva de escritura? ¿Son símbolos de ocupación, totémicos, mapas o rutas…?
Lo poco que sabemos de nuestros antepasados se lo debemos a la arqueología. Nos da pistas sobre su vida nómada, sobre sus creencias en el más allá. El hombre de Morín del Paleolítico Superior fue enterrado con un cervatillo encima, quizá como alimento para el viaje, y, como ritual, se le quemaban los pies y se le separaba la cabeza del tronco. Debajo se había enterrado otro hombre con el que se practicó el mismo ritual. Una vez depositado el cadáver, dejaron ofrendas alimenticias a sus pies, se cubrió con un túmulo en que se extendió ocre y se hizo una hoguera para quemar las ofrendas.
También nos explica la arqueología donde vivían. En periodos fríos a la entrada de las cuevas, junto al fuego sagrado. En épocas cálidas en los valles altos de los ríos, cerca del agua.
Posiblemente, dado el culto a la fecundidad que parece demostrar estas estatuillas, existiría un matriarcado donde la mujer garantizaba la supervivencia de la tribu. A su lado, desde el punto de vista social, estarían el jefe de la tribu, el chamán, los ancianos, estimados por el conocimiento que da la experiencia, y los niños.
Controlaban las rutas de las manadas de herbívoros. Una o dos veces al año los cazadores realizaban una gran cacería. Utilizarían las pieles para vestirse, la grasa como aglutinante de las pinturas y para untarse el cuerpo, los astados como utensilios…
También recolectaban frutos y bayas y hierbas medicinales. Se alimentaban de moluscos y pescaban. El grupo tribal rondaba la cincuentena y es de suponer que tendría enfrentamientos con otros grupos tribales, por los abrevaderos y los pasos de la emigración de los herbívoros. Algunas pinturas del Mesolítico nos los representan realizando todas estas actividades.